Los oasis perdidos

Escrito por Salvador Llopis el día 12/10/2011 - 19:51

A lo largo de su etapa formativa el alumno pasa por multitud de situaciones, realidades, sistemas educativos, y cómo no, diferentes implicaciones de sus docentes en el aprendizaje con las TIC. ¿Pero podríamos hoy día asegurar que un alumno puede desarrollar toda su formación inmersa en las TIC? ¿O por el contrario pasan del presente al pasado constantemente con solo cambiar de comunidad autónoma, de centro, de aula o de profesor? Salvo casos excepcionales parece que esta situación es la más habitual.No son pocos los planes estatales, regionales, locales y sí múltiples los de centro, e incluso los personales que tienen como objetivo una nueva educación, puesta al día, que, como no puede ser de otra manera, incluyen las TIC dentro de la práctica educativa. Por desgracia, muchos de estos planes, tienen fecha de caducidad, bien por presupuestos limitados, por su condición de proyectos de investigación o pilotos, o bien porque existe un cambio de intereses que obliga a sus participantes a abandonar, en algunos casos con una sensación de frustración inaceptable.

Al final, en la mayoría de los casos solo queda el docente concienciado, armado, quizás, con herramientas obsoletas y subido a la red sobre un rocín viejo y cansado vía satélite que mira con envidia la fibra óptica de los más favorecidos. Esos docentes, esos centros que, salvando las dificultades de equipos obsoletos, baterías agotadas o el reciclaje extremo, no han caído en el desánimo y siguen creyendo, a pesar del  "ya te lo decía" o "era cuestión de tiempo" de sus compañeros escépticos, merecen como poco el reconocimiento de la comunidad educativa.

Este artículo del País, publicado tanto en versión digital como impreso en su semanario, nos cuenta las vicisitudes del Plan 2.0, y lo hace comenzando con dos nombres. Poner nombre a los protagonistas aunque sean imaginarios cambia las cosas, las hace más verídicas y más cercanas, y no podemos evitar pensar en nuestros alumnos, chicos que pasan a veces dentro del mismo centro, en tan solo unos minutos, de una clase TIC al pasado más demoledor.

Hoy, la situación laboral o económica de los padres les exige movilidad geográfica, los alumnos cambian de centro, de comunidad autónoma o simplemente pasan de curso y sin quererlo se encuentran, a veces, en clases con profesores sensibilizados, con las TIC o con nuevos paradigmas educativos. Viven en pequeños oasis de 50 minutos, donde crecen los blogs, regados por el trabajo colaborativo, donde la información surge de las fuentes inagotables de la red. Oasis perdidos.

En el peor de los casos vuelven al desierto, donde la información gotea en fotocopias, reinan el silencio, la soledad del trabajo personal, el polvo rancio de los apuntes, las pruebas de acceso a la Universidad, la tecnofobia injustificada, la crisis económica y los espejismos de poder recibir una formación distinta. La realidad de una docencia que evoluciona con extrema lentitud y muy sensible a los agentes externos, cambios políticos, económicos, sociales, industriales e ideológicos.

No me cansaré de poner el mismo ejemplo, pero, ¿Cuántos padres aceptarían que sus hijos pasaran de subirse a un autobús nuevo a uno con más de 50 años para ir al colegio? Sin embargo admitimos como normal que la formación de los hijos quede comprometida sin pensar que puede causarle un perjuicio en el futuro. Una vez más pensamos en el daño físico pero no en el formativo.

Estos oasis de educación del presente, que merecen un homenaje, la forman centros, profesores, alumnos, con nombres y apellidos, con esperanzas y sueños, pero sobre todo con ilusión y con la convicción de que un oasis no puede regar el desierto, pero sí llenar de esperanza, energía, futuro y buena formación.  Mientras, se extiende un vergel, que hoy día existe, es una realidad, pero es privado y hay que pagarlo a fin de mes.